Capítulo 10

-Llevas días desaparecido;¿te pasa algo?.

Preguntó Julia Gis al comandante Conejero, que batallaba por  sobreponerse a una resaca demoledora. Tenía el teléfono en la mano y no quería hacer ningún movimiento. Si lo hacía, el cuerpo iba a resquebrajársele, a convertirse en un montón de añicos que, tarde o temprano, serían chupados por la aspiradora de la asistenta. O cuando menos ese era el miedo que tenía.

-Comandante, ¿estás ahí?.

Preguntó Julia Gis, porque el silencio del otro lado del teléfono duraba ya una barbaridad.

-Aquí estoy, reina.

Respondió Conejero con una voz rocosa, que a él mismo le costó trabajo reconocer.

-Llámame cuando seas otra vez tú.

Dijo Julia Gis antes de colgar de golpe.

Conejero dejó el teléfono en la mesilla y se sentó en la cama con la cabeza entre las manos. Vio en su reloj que era más de medio día y trató de recapitular lo que había ocurrido la noche anterior, ¿o había sido más de una noche?. Lo último que recordaba era una escena de cantina: la Vacota y el Espectro carcajeándose desaforadamente mientras él, riéndose por lo bajo, trataba de escribir en una servilleta un divertimento con las palabras “tequila” y “tequiero”.

-Menuda simpleza.

Dijo avanzando a tumbos hacia la cocina y pensando que la pregunta ¿cómo llegué hasta mi cama, si lo último que recuerdo es la cantina?, hacía años que había dejado de ser pertinente: después de más de tres décadas de convivir con su Ford Galaxy, el coche ya era como un perro que conocía el camino a casa.

Mientras preparaba el café, se sirvió media taza de whisky que bebió con ansiedad y que, de inmediato, le abrió un horizonte de esperanza: su cuerpo no se desmoronaría y la asistenta no chuparía sus añicos con la aspiradora.

Con la taza de café recién hecho en la mano, hurgó en la alacena buscando algo de comer y, en lo que mordisqueaba una galleta rancia, notó que la cocina estaba llena de vasos y de botellas vacías, y estaba empezando a otear una parvada de flashbacks cuando, de pronto, un ruído inconfundible sonó en el fondo del salón.

-¿Un pedo?.

Se preguntó el comandante extrañado, porque una ventosidad en el salón significaba, de manera inequívoca, que no estaba solo en casa.

Se acercó con cautela, no porque el pedorro representara algún peligro (quién acecha no hace ruidos, y mucho menos se pedorrea), sino porque en la parvada de flashbacks que había experimentado hacía unos segundos, había visto elementos sonrojantes.

La Vacota dormía a pierna suelta, en calzoncillos, encima del sillón y, el Espectro hacía lo mismo, pero vestido de pies a cabeza, sobre la alfombra. “La evidencia de nuestra reconciliación”, pensó Conejero al verlo ahí, durmiendo la siniestra mona.

Y en cuanto dio media vuelta para regresar a la cocina, para bautizar el café con un buen chorro de whisky, se topó de frente con una mujer vetusta y arrugada, con el pelo costroso, el cuerpo medio cubierto de harapos y un botellín de aguardiente en la mano. Cuándo iba a preguntarle quién era y qué hacía dentro de su casa, la mujer le dijo, con una enorme sonrisa donde podía verse la lengua, culebreando errática por unas encías despobladas, que no conservaban ni una pieza dental:

-Mi comandante, ¿me hace otra vez eso que me hizo anoche?

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Capítulo 9

Por fortuna a la Vacota, que conocía perfectamente los reflujos del Espectro, se le ocurrió llamar antes de caerle por sorpresa en el supermercado.

El comandante Conejero, que iba al volante del Galaxy tarareando una canción de Grand Funk, preguntó a su subalterno:

-¿Y qué dice nuestro amigo?.

-Que ni se nos ocurra aparecer por ahí y que nos vayamos, usted y yo, a la mierda.

Dijo la Vacota, con la cara cruzada por el desconcierto.

Pero días más tarde Conejero había movido una serie hilos para que su excolaborador accediera a hablar con él.

-Su majestad el Espectro se dignará a recibirnos en media hora.

Le dijo con voz tronante a la Vacota, que dormitaba frente a su escritorio, con los brazos cruzados y la cabeza caída en picada.

-¡Si mi comandante!.

Gritó la Vacota, emergiendo con dificultad desde el quinto sueño.

-Como es una conversación de gala estoy cambiando de nalguera….vamos a necesitar de la ayuda de san José.

Anunció Conejero mientras rellenaba de whisky un elegante botellín, de pie, al lado de su escritorio, controlando los elementos con un admirable pulso de cirujano.

-¿Y de dónde sacó usted esa reliquia?.

Preguntó la Vacota.

-Un regalo del teniente Colín.

Respondió Conejero metiéndose la nalguera en la gabardina y el revólver entre el cinturón y el resorte de los calzoncillos.

Veinte minutos más tarde entraban al supermercado donde los esperaba el espectro. Caminaron hasta el pasillo de los alimentos para mascota y,  en la columna forrada de espejo que había al fondo, tocó dos veces la Vacota con los nudillos.

-¿Estás seguro de que es aquí?.

Preguntó el comandante, porque no había respuesta del otro lado. La Vacota volvió a tocar.

-Ya te oí.

Se oyó una voz que venía del interior de la columna.

-¿Espectro?.

Preguntó Conejero, haciendo un lado a la Vacota, que estaba alcanzando su nivel de incompetencia.

-El mismo que fue perjudicado por la afición a la bebida que tenía su comandante.

Dijo sécamente la voz que salía de la columna.

-Pues si es el Espectro.

Terció la Vacota.  

-Vengo a beber contigo la pipa de la paz.

Dijo Conejero ignorando el comentario del Espectro y enseñando su nalguera de gala.

-¿Y si digo que no?.

Preguntó la voz.

-Si dices que no muy pronto habrá otro cadáver bañado en orines, y con los globos oculares haciéndole cosquillas en la garganta. 

 

La nalguera de Conejero.

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Capítulo 8

En cuanto llegó el forense abandonaron la escena del crímen. Conejero hizo las preguntas de rigor al gerente y a uno de los guardias, en lo que la Vacota conseguía una bolsa de plástico para guardar la evidencia. 

Se montaron en el Galaxy que el comandante había dejado ahí aventado, frente a la puerta de la tienda, con dos ruedas encima de un jardincillo donde crecían arbustos raquíticos y una docena de margaritas grisáceas, medio asfixiadas por los altos índices de polución. Antes de poner en marcha el motor, el comandante Conejero consultó su oráculo particular:

-Voy a meterle mano a la guantera, Vacota, no te emociones.

Dijo antes de inclinarse sobre las rodillas de su compañero para sacar un caset al azar:

-¡Grand Funk!

Gritó enarbolando el caset, como si fuera un trofeo, y cuando volteó a ver a su colega, para comprobar que estaban en la misma sintonía, se topó con su cara de palo, de asombro, de profunda incomprensión.

-Qué pasa Vacota, no me mires así que me recuerdas a Bob Esponja.

Dijo Conejero en lo que metía el caset al aparato, y echaba a andar el Galaxy con un acelerón que llenó el vestíbulo de la tienda de un humo negro y espeso.

-¿No cree que ya va siendo hora de ir a hablar con el Espectro?

Preguntó la Vacota en un tono hosco, que denotaba la poca gracia que le había hecho el parecido que acababa de detectar el comandante.

-En eso estaba pensando, justamente.

Respondió Conejero con un gesto sombrío que matizó bajándose un poco sobre los ojos el ala del sombrero. No le apetecía nada hablar con su viejo colaborador, pero no tenía más remedio, el Espectro era una pieza fundamental para la investigación de esos crímenes y, por otra parte, sacarlo del supermercado y reintegrarlo al departamento, era un acto de elemental justicia.

-¿Y si no quiere colaborar con nosotros?.

Tanteó Conejero, mientras miraba con desesperación el océano de coches que los separaban del siguiente semáforo.

-¿Por aquello de usted con la esposa…?.

Preguntó la Vacota, con una media sonrisa que dejaba ver su bellaquería.

-Aquello fue una alucinación de nuestro amigo.

Respondió el comandante y, para amenizar la espera y la sofocante humareda que se metía con saña por las ventanillas, subió el volumen del aparato y sacó su nalguera de whisky del bolsillo, y después de regalarse un par de tragos, siguiendo el ritmo de la canción con unos golpecitos arrítmicos sobre el volante, sentenció:

-Vamos a hacerle una visita al Espectro.

Y al ver que la Vacota miraba con codicia el botellín, añadió:

-Perdón, pero el whisky es de comandante para arriba

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Capítulo 7

Un grito puntiagudo destruyó de golpe la calma que reinaba en  la sección de lencería de Liverpool. Una clienta que calibraba un par de bragas en la segunda planta de la tienda, miró desconcertada como, después del grito, una señorita de uniforme corría hacia los probadores y, un instante después, gritaba como si se hubiera topado con un cadáver.

Dos minutos más tarde la sección de lencería estaba tomada por el personal de seguridad de la tienda, hombres gruesos con audífono en el oído y la mirada vidriosa salían y entraban de los probadores mientras el gerente miraba atónito el cadáver: una mujer, de mediana edad, tirada de mala forma en el suelo y enredada en la cortina roja de la que, con un notable gusto dramático, se había agarrado al caer. Entre los pliegues de la gruesa tela, salía la cabeza con el pelo revuelto, el cuello y un hombro y, del otro extremo, un muslo blanco esperpéntico, que parecía el lomo de una beluga.

La Vacota, que batallaba contra la profunda somnolencia que le había dejado media docena de albóndigas, recibió una llamada del gerente de Liverpool. Digería pesadamente la comida al lado del comandante Conejero que al ser informado enfiló la proa del Galaxy, sin decir ni una palabra, hacia el nuevo asesinato. Iba escuchando en la radio, con mucha concentración, lo que decía Tito Brito sobre la muerte de Osama Bin Laden.

Habían pasado exactamente siete días desde el asesinato de la estación de radio y ya sabían, en cuanto habían recibido la llamada, con qué tipo de crimen se iban a encontrar.

-¿Dónde está el cuerpo sin ojos?. Apuntó guasón la Vacota en lo que se orientaban dentro de la tienda, mirando al comandante con una somnolencia que no lograba espantarse.

-Un cuerpo sin ojos es como una casa sin luz. Respondió Conejero, con una de sus típicas frases misteriosas, mientras se abría camino por las escaleras eléctricas, metiendo el cuerpo y dando codazos a la clientela para llegar más rápido a la escena del crimen.

¡Bruto!. Gritó una señora que se sintió ultrajada por el paso inclemente del comandante.

Cuando llegaron a la segunda planta vieron, con asombro, que un reportero del programa de Tito Brito entrevistaba al gerente de la tienda.

-¿Cómo es que este hijo de puta se ha enterado del crimen antes que nosotros?. Dijo Conejero a la Vacota, que venía resoplando detrás de él y tarareando una tonadita vergonzosa.

-Vaya usted a saber. Dijo la Vacota, pasándose aparatosamente la manga de la camisa por la frente, para quitarse una legión de perlas de sudor .

El comandante Conejero pasó frente al gerente, que estaba concentrado en las preguntas del reportero y, sin que ninguno de los guardias se atreviera a impedírselo, se introdujo directamente al probador.

-Buen muslo. Dijo la Vacota detrás de él, mirando fijamente la extremidad del cadáver que sobresalía de la cortina.

-Prefiero los peces vivos. Dijo Conejero en lo que se agachaba a examinar la cabeza de la víctima, que estaba cubierta por un mechón empapado de pelo.

-Es obra del mismo artista. Dijo el comandante al percibir el intenso olor a orines, y al comprobar que la mujer había sido estrangulada con un cable, y que los ojos habían sido extirpados con una cucharilla de café, que el asesino había dejado ahí, como señuelo. Después introdujo dos dedos en la boca del cadáver para sacar los ojos.

-Aquí los tienes. Dijo, y extendió la mano para que la Vacota se hiciera cargo de la evidencia. Luego, antes de incorporarse, se limpió los dedos en la cortina que cubría teatralmente el cadáver, y sacó la nalguera de whisky del bolsillo de su gabardina.

-De una cosa podemos estar seguros, Vacota -dijo Conejero, después de regalarse dos tragos largos-: Osama no es el autor de este crimen

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Capítulo 6

Al comandante Conejero le hizo poca gracia el chiste sobre sus enormes gafas oscuras, que acababa de hacerle su subalterno.

-Menos chacoteo, Vacota, y cuéntame lo que has averiguado.

Dijo el comandante mientras se quitaba el sombrero, la gabardina, las gafas oscuras, y se desembarazaba del revólver que traía incrustado, entre la panza y el pantalón, a la altura del ombligo.

La Vacota carraspeó y comenzó a leer el informe que acababa de escribir:

-“La víctima era un hombre de 28 años, soltero, que res….”

-No me aturdas con esas burradas, Vacota, vamos directamente al meollo. Lo interrumpió Conejero, que acababa de acomodarse en su silla, de guardar su revólver en un cajón y se estaba sirviendo un trago de Cutty Sark en una taza de café.

-¿Alguna huella en la escena?. Preguntó a la Vacota y después dio un trago al whisky que lo hizo temblar ligeramente y le puso a brillar los ojos con un chispazo asesino.

-¿Va usted a empezar a beber desde estas horas, mi comandante?. Preguntó la Vacota con un gesto de preocupación que le hizo todavía más ancha la cara.

-Ya sabes que a mi sin un par de tragos no me trabaja la piedra, y ahora lo que se impone es pensar, ¿no?. Respondió el comandante.

-Ni una sola huella digital -dijo La Vacota- ni en la cabina, ni en el cable, ni en el CD de Camilo Sesto, ni en la cucharilla de café.

-¿Y huellas de zapato o de otra índole?. Preguntó el Comandante sirviéndose otro chorro de whisky, antes de regresar la botella al cajón donde guardaba los archivos.

-Nada de huellas. Respondió la Vacota e inmediatamente después, en lo que el comandante liquidaba el trago que acababa de servirse, añadió: no sería mala idea rescatar al Espectro, para que nos eche una mano.

El Espectro era un policía que había sido la mano derecha de Conejero y que, hacía un par de años, había investigado con él un asesinato que también estaba ligado con el locutor Tito Brito. Al final a Brito no habían podido probarle nada, y aquel fracaso había coincidido con una crisis alcohólica de Conejero que había terminado con la disolución del DIE (Dirección de Investigaciones Especiales), el órgano policiaco que dirigía, y su expulsión durante seis meses, con la obligación de inscribirse a una clínica para desintoxicarse, cosa que el comandante había resuelto  a su manera, con una suerte de retiro en un ruinoso hotel de Tecolutla, Veracruz, donde según la Vacota, y otros subalternos que se habían acercado por ahí, la desintoxicación era menos palpable que la politoxicomanía. El Espectro había sido directamente afectado por la disolución del DIE, había sido reintegrado a la división de los Policías de Columna, al sitio de donde lo había rescatado Conejero para convertirlo en su mano derecha. La crisis alcohólica de su jefe lo había regresado a su antiguo lugar en el supermercado, dentro de una de esas columnas forradas de espejo donde se ocultan ese tipo de policías para vigilar a la clientela, pero además de esto, que no era un asunto menor, el Espectro creía que el Comandante Conejero había tenido que ver con su mujer; una sospecha que nunca había podido comprobar, y que Conejero negaba rotundamente, pero que a él le carcomía el alma.

-Ya había pensado en hablar con el Espectro –dijo Conejero, mirando con interés las ancas de una secretaria que hacía fotocopias del otro lado del cristal. ¿Seguirá enfadado conmigo?. Preguntó, levantando la vista y mirando más allá, hacia el trasiego general de la Dirección de Homicidios.

-Ya han pasado más de dos años de aquello, comandante. Dijo el Vacota circunspecto.

-Tienes razón, hablaré con él. Respondió Conejero, dedicándole una mirada ambigua en lo que sacaba la botella de entre los archivos, y se servía otro chorro de Cutty Sark.

-No se le irán a pasar las cucharadas, ¿no?. Preguntó la Vacota con una preocupación, una insolencia, y una cara muy ancha que hizo sonreír al comandante.

-La sobriedad es una playa oscura, amigo Vacota, y en esta taza tengo un pedazo de sol. Dijo Conejero con solemnidad, antes de beberse de un trago lo que acababa de servirse.

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Capítulo 5

¿Y esa sonrisa, comandante?. Preguntó Julia Gis a Emiliano Conejero, que veía el techo sonriente y con la mirada perdida, como si se estuvieran proyectando ahí los grandes hits de eso que acababa de suceder entre los dos.

Estaban uno al lado del otro en la cama de Julia y el comandante, sin interrumpir esa visión que lo hacía sonreír, rebuscó en la mesilla un Delicado sin filtro que se llevo a los labios.

-El médico te lo ha prohibido. Dijo Julia, sin mucha energía porque se estaba quedando dormida.

-El médico no sabe lo que es darse un revolcón contigo, reina.

Respondió Conejero, expulsando una gran nube de humo que fue a estrellarse cerca de la lámpara. Después de la segunda calada Julia estaba profundamente dormida y el comandante, espabilado por el estímulo de la nicotina, había abandonado su ensueño y repasaba una y otra vez los elementos del asesinato: el locutor estrangulado con el cable negro, los ojos extirpados con una cucharilla de café, la música de Camilo Sesto que alguien había dejado ahí, como un mensaje y, sobre todo, lo mucho que ganaba Tito Brito con ese crimen. Apagó la brasa del cigarro con dos dedos de saliva y después metió la colilla en su pantalón; no quería dejar rastros fétidos en el territorio de ese ángel que dormía a su lado, con una soberbia rodilla que salía por debajo de la sábana y que hizo al comandante murmurar, para sí mismo:

-Yo con esa rodilla me casaba por la iglesia.

A medida que se iba quedando dormido, empezó a soñar con esa imagen recurrente que lo visitaba cada vez que estaba a punto de embarcarse en la investigación de un crimen: una playa, en un país muy frio, donde la marea ha bajado tanto que ha dejado al descubierto una enorme extensión de arena, y al fondo un barco que, mientras el mar no regrese a su sitio, no podrá llegar al puerto.

Al día siguiente, cerca del mediodía, cuando hacía ya horas que Julia Gis se había ido a su trabajo, el comandante Conejero salió del edificio de gabardina, sombrero y unas enormes gafas oscuras.

-Qué gusto verlo por aquí, comandante. Dijo el portero, pasando un trapo apasionado por la bola dorada en la que terminaba el barandal de la escalera.

Conejero pasó de largo, llevaba prisa y sabía que el temor que le inspiraba al portero, lo eximía de tener con él cualquier clase de atención; hiciera lo que hiciera, lo tendría siempre a sus pies.

Antes de arrancar el Galaxy, buscó en la guantera el pronóstico de su oráculo particular:

-¡Bon Jovi!.¡puta madre, ya se jodió el día!. Gritó Conejero apesadumbrado.

Lo primero que vio al entrar a su oficina, con las malas vibraciones del oráculo arrugándole la frente, fue a La Vacota que ya lo esperaba para contarle del crimen de la noche anterior.

-Buenos días, comandante. Dijo La Vacota, poniéndose de pie y, antes de que Conejero pudiera decirle nada, añadió:

-Con todo respeto, mi comandante, parece usted Sofía Loren con esas gafas oscuras.

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Capítulo 4

A bordo del Galaxy 84, en lo que se desplazaba hasta el restaurante  donde lo esperaba Julia Gis, el comandante Conejero fue trenzando una serie de cabos que iban saliendo al compás del caset de Jethro Tull, que sonaba en su vetusto aparato. Las ráfagas de luz que entraban periódicamente por las ventanillas se estrellaban contra su rocoso perfil. Algo empezaba a oler a podrido en aquella estación de radio: hacía unas semanas que Tito Brito, la estrella del noticiario de la mañana, se había dedicado a vociferar contra el estrangulador, un asesino que había liquidado a tres pobres diablos, en distintas zonas de la ciudad, con un cable negro alrededor del cuello. El acoso mediático de Brito al estrangulador lo había convertido, en unos cuantos días, en el líder absoluto de la audiencia. Su programa era un noticiario marginal hasta que el estrangulador lo lanzó a la fama y, desde entonces, por la cabina de Tito Brito, desfilaban toda clase de autoridades y, en un par de ocasiones, el alcalde se había comunicado en directo por teléfono, para agradecerle públicamente sus esfuerzos contra el hampa.

Llegando al restaurante el comandante Conejero se bajó del coche y le dio las llaves al primer mesero que encontró, para que lo fuera a estacionar.

-Mucho cuidadito con los casets que tengo en la guantera. Dijo, mirando con severidad al muchacho y poniéndole en el hombro su mano recia, y sin embargo paternal.

-No se preocupe mi comandante –le dijo el mesero- no tengo dónde tocar eso, yo soy de mp3.

Lo primero que vio al entrar fue a Julia Gis, sentada frente a un Dry Martini intacto y absorta ante la pantalla de su BlackBerry. En el restaurante reinaba la penumbra y la luz del teléfono le pintaba de azul las facciones. Se detuvo un momento a mirarla, a pasarle los ojos por el cuello, los hombros, por la extensión de sus brazos y luego por las piernas, que tenía cruzadas una debajo de la otra y, al final de esta, el pie que jugueteaba con el zapato y dejaba al aire un hermoso talón que le cortó el aliento.

-No me observes con tanta lujuria, comandante. Dijo Julia Gis mirándolo de reojo.

-No puedo evitarlo, reina. Dijo Conejero quitándose el sombrero y la gabardina, y sentándose frente a ella, sin reparar en que traía la pistola metida en el cinturón, medio colgando a la altura del ombligo.

-La pistola, comandante; pareces uno de los Dorados de Villa.

Le dijo Julia mirándolo a los ojos, porque detestaba las armas, y luego, mientras dejaba a un lado el teléfono, preguntó:

-¿Otra vez el estrangulador?.

-Otra vez, ahora uno de los locutores de Tito Brito –respondió Conejero en lo que disimulaba el revólver 38 debajo de la camisa, y después añadió: y esta vez me ha dejado un mensaje: un cadáver sin ojos en el que ha tenido la delicadeza de mearse.

Julia Gis hizo un gesto de asco antes de preguntar:

-¿Pedro Tiner?.

-Imposible, sigue en la cárcel.

-¿Alguna venganza por tus pesquisas en Ciudad Juárez?.

-No lo sé, reina –dijo mientras buscaba en el menú algo que pudiera comerse rápido, porque Julia ya había cenado. Después de verle el talón, al final de su pierna larguísima, estar solo con Julia empezaba a convertirse en una urgencia.

-Lo único que sé –continuó- es que quién de momento gana con estos crímenes es Tito Brito.

-Pero si acaban de matarle un empleado. Protestó Julia, después de darle un sorbito a su Dry Martini y pasarse la lengua por los labios; un gesto que puso todavía más ansioso al comandante.

-Yo creo que esté cabrón es capaz de todo con tal de seguir trepando. Dijo Conejero y después ordenó un Cutty Sark y unas aceitunas, y cuando se llevó la primera a la boca recordó que con esa misma mano había sostenido los ojos del locutor estrangulado. “Al final todo acaba siendo la misma puta materia”. Pensó.

Veinte minutos más tarde estaban a bordo del Galaxy. Conejero puso en marcha el motor y, procurando tocarle las piernas a Julia, estiró la mano para buscar al azar un caset en la guantera.

-Ten Years After, chingón. Dijo sonriente, porque aquello, según su interpretación instantánea del oráculo, significaba una noche de intensa pasión.

-¿No has pensado en comprarte un iPod?. Preguntó Julia Gis, pertrechada detrás de una sonrisa maliciosa.

-Esas son mariconadas, reina. Zanjó el comandante.

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Capítulo 3

Y usted ni vio ni oyó nada, ¿no?.

Preguntó Conejero al guardia, que miraba con repulsión, y mucho pánico, los ojos sanguinolentos que acababa de dejar el comandante encima de la mesa.

-Nada, mi comandante. Dijo el guardia adquiriendo una súbita posición marcial. Conejero había descubierto, con gran disgusto, que los ojos de la víctima le habían manchado la mano y se puso a limpiar el rastro contra  su propio calcetín y cuando, agachado como estaba, iba a soltar una metáfora que ilustrara la cobardía y la inutilidad, el guardia le entregó un papel, que había traído todo el tiempo en la mano, y que no le había entregado precisamente por eso, por cobarde y por inútil.

Conejero le arrebató el papel y regresó a la luz de la lámpara mínima que estaba al lado del micrófono, envuelta en el fastidioso olor a orines que despedía el cadáver. En la hoja había una sola línea, escrita con un bolígrafo vulgar, de tinta azul: “Uno cada siete días”.

Cuando el comandante comenzaba a ver hacia dónde tiraba el primer cabo, fue interrumpido por la voz tumultuosa de uno de sus subalternos.

-¡Qué hay de nuevo, comandante Conejero!. Gritó La Vacota, un grueso policía de mirada boba que venía acompañado del forense.

-Un locutor sin globos oculares al que le gustaban la lluvia dorada y  Camilo Sesto. Dijo Conejero y, inmediatamente después, respingó el guardia:

-Perdone usted, mi comandante, pero la música no la puso él.

Dijo, todavía marcial, al tanto de la importancia que comenzaba a ganar a los ojos de aquel personaje legendario de la policía.

-¿Y cómo sabe usted eso?. Preguntó, intrigado, Conejero.

-Porque el programa se llamaba “Reflexiones nocturnas sin música” y, de hecho –continuó el guardia- en cuanto oí la canción me pareció extraño y por eso vine a la cabina…

-Y se encontró con el muerto ¿no?. Interrumpió Conejero, porque aquello comenzaba a alargarse y él tenía prisa por regresar al restaurante donde  Julia Gis cenaba sola.

-Así es, comandante. Respondió el guardia.

-Y esta hoja, ¿de dónde salió?. Preguntó en lo que se acercaba a la puerta, para largarse de ahí cuanto antes.

-Estaba aquí, en el suelo, respondió el guardia. Y enseguida pidió perdón por haber alterado la escena del crimen.

-Dejémoslo así, mi amigo –dijo el comandante y después, alzando la voz  porque ya se iba pasillo abajo, ordenó:

-¡Vacota, te quiero mañana a las doce en mi oficina. Y no olvides los ojos, están encima del escritorio!”.

Al salir del edificio Emiliano Conejero ya sabía perfectamente desde dónde había que encuadrar la investigación, pero esa noche tenía mejores cosas que hacer. Antes de subirse al coche dobló en cuatro la hoja donde el asesino había escrito el mensaje y la guardó en el bolsillo de su camisa; después se quitó el sombrero. Mientras se buscaba la nalguera de whisky en los bolsillos de la gabardina, echó a andar el coche, un Galaxy 84 de ventanillas oscuras que al primer acelerón escupió un humo negro y espeso que, más que una nube, parecía una mancha. Antes de arrancar consultó el oráculo que lo orientaba en sus investigaciones, y en su vida en general: metió la mano en la guantera, donde llevaba medio centenar de casets, sacó uno al azar y, sin verlo, lo metió al aparato:

-Jethro Tull, estupendo –dijo sonriendo- todo lo que necesito esta noche es un Aliento Locomotor. Luego le dio al whisky dos tragos, subió el volumen de su vetusto reproductor, y enfiló hacia el restaurante donde lo esperaba Julia Gis.

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Capítulo 2

Emiliano Conejero se quedó helado en cuanto entró a la cabina de radio y capturó, de un solo golpe de ojo, la dimensión del muerto. Se trataba de un crimen donde el autor se esforzaba por estar presente, por estampar su firma y por desafiarlo a él. El artífice de aquella atrocidad estaba al tanto del estatus de leyenda que tenía en la policía el comandante Conejero, y sabía que a él le caían siempre los crímenes más aparatosos.  

-¿Qué le parece?. Preguntó el guardia con la voz trémula, pertrechado detrás de la puerta, asomando apenas la cabeza.

-De la chingada. Respondió Conejero mientras trataba de bosquejar un primer balance del asesinato, una hipótesis veloz, una cábala basada en la corazonada que al final, cuando se encontrara cerca de la solución y todo estuviera empantanado entre los datos, las confesiones y las evidencias, iba a servirle para refrescar su propia óptica del caso. Se adentró en la cabina de radio y se acercó al cadáver para verlo más de cerca. Por la ventana se metían a ráfagas las luces de los automóviles que circulaban abajo y algunas de estas, las ráfagas más largas, hacían brillar los ojos del hombre que estaba muerto en el suelo; o más bien las cuencas donde habían estado los ojos. El asesino los había sacado con una cucharilla de café, que luego había dejado ahí tirada como provocación, como la primera cifra de la ecuación que el comandante tenía que resolver.

-Es el locutor del programa nocturno. Dijo el guardia todavía agazapado, con la luz del pasillo cayéndole en la frente, justamente donde le relumbraba un sudor nervioso.

-Era, ya se fue. Aclaró lacónicamente Conejero, que parecía una sombra dentro de la oscuridad, una aparición de gabardina y sombrero, la estampa clásica del detective del Nueva York de los cuarentas, aunque estuviera en la Ciudad de México, once años después de iniciado el nuevo milenio. “Un policía a la antigua”, pensó el guardia y de inmediato, para sus adentros, matizó: “pero una leyenda desde luego”.

Luego de guardar la cucharilla en el sobre de una factura de la luz que traía en la gabardina, Emiliano Conejero se palpó los bolsillos y echó mano de su nalguera de whisky, un botellín plano que cargaba a todas partes con la idea de ordenar, con un par de tragos largos, su atribulado pensamiento. Luego regresó la nalguera al bolsillo y sin dejar que se esfumara el doble golpe del whisky, cogió la lámpara mínima que estaba junto al micrófono y se agachó para observar más de cerca el cadáver. Lo primero que percibió fue un penetrante olor a orines, cosa nada rara tratándose de un estrangulado al que se le aflojan los esfínteres conforme va abandonando el mundo. La canción de Camilo Sesto había acabado y alrededor del cadáver se había apilado un silencio espeso. Conejero apunto el haz de luz a la cara de la víctima para ver con precisión los detalles de eso que lo había dejado helado. El locutor yacía estrangulado con un cable negro, el cuerpo en el suelo, la cabeza medio recargada contra una de las patas del escritorio y en la boca un pedazo de algo que no había alcanzado a tragarse. Soportando el intenso olor a orines le metió al cadáver los dedos y tras un poco de forcejo le sacó de la boca los dos ojos. Luego, con los ojos todavía en la mano, le olisqueo al cadáver el cabello, que estaba extrañamente mojado.

-¡Qué hijo de puta! –gritó el comandante Conejero, y después añadió, mientras dejaba el par de ojos cuidadosamente encima del escritorio: además tuvo el detalle de mearlo.

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Capítulo 1

Emiliano Conejero entró de mal humor al edificio y siguió al guardia que iba mostrándole el camino, abriendo puertas y caminando con torpeza y precipitación por una serie de pasillos exageradamente iluminados. -Por aquí por favor comandante Conejero. Decía con … Continue reading

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