-Llevas días desaparecido;¿te pasa algo?.
Preguntó Julia Gis al comandante Conejero, que batallaba por sobreponerse a una resaca demoledora. Tenía el teléfono en la mano y no quería hacer ningún movimiento. Si lo hacía, el cuerpo iba a resquebrajársele, a convertirse en un montón de añicos que, tarde o temprano, serían chupados por la aspiradora de la asistenta. O cuando menos ese era el miedo que tenía.
-Comandante, ¿estás ahí?.
Preguntó Julia Gis, porque el silencio del otro lado del teléfono duraba ya una barbaridad.
-Aquí estoy, reina.
Respondió Conejero con una voz rocosa, que a él mismo le costó trabajo reconocer.
-Llámame cuando seas otra vez tú.
Dijo Julia Gis antes de colgar de golpe.
Conejero dejó el teléfono en la mesilla y se sentó en la cama con la cabeza entre las manos. Vio en su reloj que era más de medio día y trató de recapitular lo que había ocurrido la noche anterior, ¿o había sido más de una noche?. Lo último que recordaba era una escena de cantina: la Vacota y el Espectro carcajeándose desaforadamente mientras él, riéndose por lo bajo, trataba de escribir en una servilleta un divertimento con las palabras “tequila” y “tequiero”.
-Menuda simpleza.
Dijo avanzando a tumbos hacia la cocina y pensando que la pregunta ¿cómo llegué hasta mi cama, si lo último que recuerdo es la cantina?, hacía años que había dejado de ser pertinente: después de más de tres décadas de convivir con su Ford Galaxy, el coche ya era como un perro que conocía el camino a casa.
Mientras preparaba el café, se sirvió media taza de whisky que bebió con ansiedad y que, de inmediato, le abrió un horizonte de esperanza: su cuerpo no se desmoronaría y la asistenta no chuparía sus añicos con la aspiradora.
Con la taza de café recién hecho en la mano, hurgó en la alacena buscando algo de comer y, en lo que mordisqueaba una galleta rancia, notó que la cocina estaba llena de vasos y de botellas vacías, y estaba empezando a otear una parvada de flashbacks cuando, de pronto, un ruído inconfundible sonó en el fondo del salón.
-¿Un pedo?.
Se preguntó el comandante extrañado, porque una ventosidad en el salón significaba, de manera inequívoca, que no estaba solo en casa.
Se acercó con cautela, no porque el pedorro representara algún peligro (quién acecha no hace ruidos, y mucho menos se pedorrea), sino porque en la parvada de flashbacks que había experimentado hacía unos segundos, había visto elementos sonrojantes.
La Vacota dormía a pierna suelta, en calzoncillos, encima del sillón y, el Espectro hacía lo mismo, pero vestido de pies a cabeza, sobre la alfombra. “La evidencia de nuestra reconciliación”, pensó Conejero al verlo ahí, durmiendo la siniestra mona.
Y en cuanto dio media vuelta para regresar a la cocina, para bautizar el café con un buen chorro de whisky, se topó de frente con una mujer vetusta y arrugada, con el pelo costroso, el cuerpo medio cubierto de harapos y un botellín de aguardiente en la mano. Cuándo iba a preguntarle quién era y qué hacía dentro de su casa, la mujer le dijo, con una enorme sonrisa donde podía verse la lengua, culebreando errática por unas encías despobladas, que no conservaban ni una pieza dental:
-Mi comandante, ¿me hace otra vez eso que me hizo anoche?
