Hace algunos años lanzaba todas las noches,
desde mi cabina de radio en la ciudad de México, un satélite
al espacio. Entonces creía, como sigo creyendo ahora, que
la música que oímos, luego de pasar frente a nosotros,
sigue su camino ascendente hacia el espacio exterior donde vagará,
tal como fue concebida e interpretada, entre miles y miles de piezas
musicales, hasta el final de los tiempos. En su camino hacia la
eternidad, esta canción va sonando, aunque no la oiga nadie,
y además va irradiando sus notas, su melodía, su armonía,
sus letras y sus fantasmas. La idea es que en algo mejora el mundo
la cauda que va dejando cada canción.
Durante los últimos diez años del milenio anterior
lancé el satélite por las causas más diversas:
contra los abusos del ejército mexicano en Chiapas, contra
la Guerra del Golfo, contra la brutalidad de la policía en
la Universidad y a favor de un montón de iniciativas, siempre
nobles, que proponía yo o la gente que me oía. El
satélite que lancé durante todos esos años
fue, y perdonen la obviedad, Satellite of Love, de Lou Reed. Me
parecía importante que fuera siempre la misma canción,
se trataba de celebrar un ritual colectivo, de que yo y las miles
de personas que me acompañaban cada noche pensáramos,
durante los 3 minutos con 40 segundos que dura la canción,
en la misma cosa. Estoy seguro de que aquella fuerza organizada
en torno al satélite sirvió de algo, cuando menos
nos hizo reflexionar y, sobre todo, desear juntos que las cosas
mejoraran. Esta es la versión contemporánea de aquel
satélite, es la que toca en estos tiempos que corren; busca
una causa personal o colectiva y lánzalo al espacio.
Jordi
Soler