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| Buscando coordenadas sobre el orígen del hombre, el arqueólogo inglés Arthur Leigh dio con los restos de la aldea Tsumeke, un enclave bosquimano que había sido arrasado por la erupción de un volcán en 1993. Tsumeke estaba en un rincón inaccesible de Namibia, en el suroeste de Africa y su celebridad académica entre arqueólogos y antropólogos se debía al hallazgo de unos restos humanos antiquísimos que habían sido encontrados en esa zona. Por la forma en que habían sido enterrados y los utencilios que había a su alrededor, se calculaba que cerca debía haber existido una aldea y que su perímetro estaría lleno de restos valiosos, cruciales para la investigación que Leigh efectuaba, acompañado de un discípulo impetuoso y de tres nativos que los guiaban y asistían. Cuando el arqueólogo dio con los restos de la aldea, unos cuantos por que la mayoría habían sido sepultados por la lava, no sabía que ésta había llevado el nombre de Tsumeke, ni que hacía cuarenta años el cineasta francés André Nelli, había rodado ahí su película El Último Grito del Bosquimano. Aquella película había sido rodada en 1963 y había obtenido un notable éxito internacional; era una trama policiaca que sucedía básicamente en Perpignan, al sur de Francia, donde un detective alcoholizado resolvía un complicado caso al descifrar el sueño que lo torturaba todas las noches, un sueño obsesivo donde aparecía un bosquimano gritando en medio de una planicie africana. La presencia de la aldea en la película era bastante modesta, pero la de N´xau, el bosquimano que gritaba en los sueños del detective, resultó tener una hondura psicológica crucial, tanta que al final el director seleccionó algunas de las imágenes que había rodado en Tsumeke y las superpuso en las secuencias donde aparecía el detective atribulado en un bar o caminando sin rumbo, dando tumbos y violentos vaivénes por las calles de Perpignan; un efecto tan afortunado como aterrador que, según la crítica, era el alma de la película. Pero el verdadero oficio de N´xau, ese actor bosquimano cuyos gritos quitaban el sueño a su público, era el de pastor; lo que hacía este hombre antes y después de rodar la película, era cuidar un rebaño de cabras, es decir que mientras la gente ovacionaba sus gritos en Nueva York, en Hong Kong o en Oslo, el pastor N´xau, envuelto en una polvareda salpicada de balidos y clan clans de campana, arreaba una docena de cabras en las afueras de Tsumeke. Un año después de aquella película, dos productores y un traductor bajaron en helicóptero a la apacible Tsumke para invitar a N´xau a una entrevista de televisión. Los habitantes de la aldea habían logrado habituarse a esas máquinas pues durante el rodaje de El Último Grito del Bosquimano habían visto aterrizar varios ejemplares. Aunque ya no se trataba de un hecho sorprendente, si daba para ser integrado a la historia oral de Tsumeke, pues era la segunda ocasión en que esos pájaros de fierro visitaban la aldea y eso era un acontecimiento relevante a los ojos de N´dugu, el patriarca, que de inmediato asoció la visita de los helicópteros con la plaga de langosta que había asolado Tsumeke hacía diez años, y con la visita de un águila tuerta el día del nacimiento de N´xau y así, en un esfuerzo notable de memoria, fue asociando toda la historia de su aldea, la que habían ido recabando todos sus patriarcas, hasta que llegó al pájaro dorado enorme y fundacional que, miles de años atrás, se había posado a la orilla del bosque y había desplegado sus alas enormes para señalar donde debía ser fundada Tsumeke, aquella pequeña aldea cuyo nombre quería decir “pájaro del sol”. La llegada de los helicópteros era para N´xau y sus paisanos una visita como cualquier otra, como las que hacían periódicamente otros pájaros, o los leones o los elefantes; nadie veía la conexión que había entre los helicópteros y la aparición del pastor N´xau en las salas de cine de medio mundo, pues en Tsumeke nadie había visto nunca una película ni tenían idea de que, como trató de explicarles con cierta ambigüedad el director francés, una parte de la vida pudiera grabarse y conservarse en una cinta. “¿y para qué queremos ver en una cinta lo que vemos todo el tiempo aquí?”, le había preguntado, al cabo de unos minutos de reflexión, el patriarca al cineasta. A raíz del rodaje de El Último Grito del Bosquimano el patriarca N´dugu había integrado a la historia oral de la aldea la llegada de los pájaros de fierro, la de los “ojos de cristal” que eran las cámaras, y la de los “soles”, que eran las lámparas que utilizaban para iluminar las escenas del pastor, unas secuencias maratónicas donde aparecía N´xau, enmarcado por diversos paisajes africanos, ensayando sus gritos excepcionales con la boca muy abierta, el cuello rayado de músculos y cuerdas vocales y una actitud de guerra inminente (de guerra contra el alcoholismo del detective en Perpignan, según explicó Nelli en una entrevista), con su peligrosa lanza en alto y su “intimidante desnudez bosquimana” (también en palabras de Nelli). Tsumeke tenía entonces veinticinco habitantes y era un pueblo herméticamente aislado de la civilización, lejos de todo, una pradera separada del mundo por dos macizos montañosos prácticamente inexpugnables. N´dugu, siguiendo la tradición de los patriarcas de Tsumeke, escarbaba los hechos relevantes de su pueblo en la madera de un tronco largo que le servía, igual que le había servido a sus antecesores, para no perderse a la hora de narrar, cada noche de luna llena, la historia de esa dinastía de bosquimanos: una suerte de partitura que hacía menos heróicos sus esfuérzos con la memoria. El día que aterrizó el helicóptero con los dos productores y el traductor, N´xau estaba en el bosque con su rebaño de cabras, los animales ramoneaban por ahí mientras el tallaba un palo para convertirlo en estaca, no sabía que había sido nominado como mejor actor extranjero en los premios Cesar de la academia francesa de cine, ni que había escalofriado a medio planeta con sus gritos bosquimanos. No sabía nada de esto porque nadie se lo había dicho y porque además nunca había visto esa película, ni ninguna otra. N´xau juntó a sus cabras en un rebaño, abandonó el bosque y caminó sin prisa, todavía tallando su palo, hacia el sitio donde había aterrizado el helicóptero. De lejos vio que N´dugu dialogaba con dos indivíduos vestidos con demasiada ropa, una característica que resaltaba en Tsumeke que era una aldea de bosquimanos desnudos. Uno de ellos, en cuanto vio que N´xau se aproximaba con su rebaño, corrió hacia él gritando emocionado algo en su lengua y pasó entre las cabras para estrechar su mano y cogerlo por los hombros y conducirlo, sin dejar de decir cosas a gritos, a los pies del pájaro de fierro donde estaba el otro productor, que también lo saludó efusivamente mientras los habitantes de Tsumeke contemplaban la escena con cierta indiferencia, eran un pueblo que había sido fundado por un pájaro dorado y gigante, y partiendo de esta rareza originaria no era fácil impresionarlos. El traductor de lenguas africanas que había bajado con ellos del helicóptero no entendía una palabra de lo que decía N´dugu ni tampoco, cuando llegó el momento, de las que decía N´xau, así que a gestos y a señas explicaron entre los tres su deseo de que N´xau se metiera con ellos dentro del pájaro de fierro. N´xau lo consultó con el patriarca y con una mujer inquieta que al parecer era la suya y después de varios minutos de decirse cosas en su lengua N´xau dejó la estaca que tallaba en manos de su mujer y se dispuso a meterse al pájaro. El helicóptero despegó y N´xau, que todavía no había logrado acostumbrarse a esa cabina llena de luces, ni a su asiento tan mullido como una cabra gorda, vio con cierta desazón, debajo de la polvareda que acababan de levantar las aspas, a su gente impávida y a los seis niños que había en Tsumeke (probablemente hijos suyos) corriendo tras el pájaro para darle alcance. Unos minutos de vuelo bastaron para que se habituara al entorno, el paisaje que iba viendo desde su asiento no lo impresionó demasiado, sabía que iba a bordo de un pájaro y que cuando se vuela se ven las cosas con cierta perspectiva, como desde la cima de las montañas que aislaban del mundo a Tsumeke. El helicóptero aterrizó en Windhoek, la capital de Namibia, en el campamento donde se hospedaban André Neill, el director, y los actores de la película; la compañía productora había insistido en que el programa especial sobre El Último Grito del Bosquimano se hiciera en escenarios africanos. De lo que experimentó N´xau en Windhoek se sabe poco o, más bien, se conocen los hechos pero no la forma en que él los percibía. Se sabe que fue instalado en una lujosa caravana y que permaneció sentado en una butaca, al márgen de la cama, de la ducha, de la televisión y de la luz eléctrica. Se sabe que hurgó en la nevera del mini-bar y que comió avellanas. Luego participó en la entrevista colectiva, una reunión al aire libre donde el director y sus actores respondían a las preguntas que les hacía el conductor del programa, todos hablaban menos N´xau porque el traductor, que conocía todas las lenguas africanas menos la que se hablaba en Tsumeke, no logró hacerle entender ni siquiera cuál era el propósito de tenerlo ahí sentado entre gente blanca, alta y vestida en exceso. Cuatro horas más tarde N´xau, luego de haberse sometido a un estudio fotográfico y a una serie de secuencias simples donde aparecía caminando o sonriendo (no hubo forma de hacerlo articular uno de sus famosos gritos), fue súbido nuevamente al helicóptero. Durante el viaje de regreso los productores le enseñaron un afiche con una fotografía suya y un texto en inglés, en francés y en alemán, donde se anunciaba su candidatura al premio Cesar. N´xau lo miró con indiferencia y después volvió al paisaje que ofrecía la ventanilla, no entendía lo que le decían y, como nunca se había visto en un espejo, tampoco lograba identificar al bosquimano de la fotografía. El helicóptero aterrizó en Tsumeke al atardecer, en cuanto N´xau puso los pies en su aldea fue abrazado por su mujer y saludado afectuosamente por el patriarca N´dugu; daba la impresión de que los dos habían pensado que el pájaro se lo había tragado y que no volverían a verlo. El pájaro de fierro despegó y se fue, era el año de 1964 y a partir de entonces ningún occidental volvió a visitar Tsumeke. El premio Cesar al mejor actor extranjero de aquel año lo ganó un iraní y N´xau regresó a su rebaño y a su bosque y a su vida de bosquimano mientras su fama de actor se iba perdiendo en el tiempo. Tsumeke era una aldea tan perdida que cuando en 1993 hizo erupción el volcán Ator, nadie reparó en que había desaparecido debajo de un río de lava. Así, cubierta por la lava, la descubrió el arqueólogo inglés Arthur Leigh, here it is indeed, le dijo a su discípulo impetuoso que, en un gesto confuso pero lleno de energía, se dobló hacia delante y cogió un picacho de lava con las dos manos: su forma particular de celebrar el hecho y compartir la fiesta con el territorio. Sin perder un segundo se puisieron a medir coordenadas, clavar alcayatas y delimitar con hilos un primer cuadrángulo de estudio, mientras los nativos armaban el campamento en la única loma que había quedado a salvo de la lava. Una semana más tarde Leigh y su asistente dieron con los primeros vestigios palpables de Tsumeke: una lanza, una faldilla de cuero y tres platos decorados con figuras de inconfundible estética bosquimana. Al día siguiente, todavía en ese mismo cuadrángulo de investigación, dieron con un tronco lleno de dibujos escarbados que sacaron con la ayuda de los nativos. Indeed, volvió a decir el arqueólogo Leigh mientras analizaba los dibujos, comenzó por el pájaro enorme y fundacional y siguió a lo largo de la historia de Tsumeke, una mirada general para saber que tenían entre manos, ayudándose en ocasiones con una lupa, y cuando llegó a los pájaros de fierro se quedó sin aliento, en un instante vio frente a sus ojos el golpe de timón que daría la historia del hombre a partir de entónces. Buscando huesos antiguos habían dado con algo mucho más importante: un pueblo bosquimano capaz de imaginar máquinas voladoras con aspas, y eso era tanto y tan grande, le dijo Leigh a su pasmado asistente, como los mayas que imaginaron el cero. |