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| Querido general Franco: lo de querido es, desde luego, un decir, es una de esas fórmulas que se usan para empezar una carta, pero también es una cortesía que me interesa tener por una razón elemental: usted con nosotros no tuvo ninguna. Quiero aprovechar esta carta para contarle algunas cosas, entre otras que hace treinta años vimos, pasmados frente al televisor, la noticia de su muerte; vivíamos en Veracruz, en la selva, y hasta allá llegó esa noticia que, como verá usted en cuanto termine estas líneas, tuvo un efecto mayor en nuestras vidas, quiero decir: en la de mi abuelo que perdió la guerra, y en la de mi madre, que tuvo que irse de España por la guerra que perdió su padre. No voy a aburrirlo contándole las penurias de los exiliados en los campos franceses de prisioneros, ni de la permanente zozobra que sentían frente a la posibilidad de caer en las garras de alguno de sus aliados y de que éste los regresara a España y los metiera a alguna de sus espantosas cárceles; lo que quiero contarle es que cuando mi abuelo llegó exiliado a Veracruz, un territorio remoto y caluroso que desde luego no estaba en sus planes, se encontró con otros republicanos exiliados que estaban en la misma situación, que habían llegado ahí con una mano atras y otra adelante porque habían perdido su país, su familia, su casa y sus cosas, esos requisitos mínimos que necesita cualquiera para sentirse persona. Como aquellos republicanos no eran ni políticos, ni escritores, ni artistas, ni maestros, ni tenían gremio que los amparara, ni ninguna clase de nexo con los republicanos que se coalicionaban en la ciudad de México, no tuvieron más remedio que buscarse la vida ahí, en plena selva tórrida, donde poco a poco fueron saliendo adelante; exactamente al contrario de aquellos indianos que viajaban a América para hacer fortuna, ellos no hacían más que tratar de gestionar su infortunio. Pero al final lo consiguieron, y mientras esperaban que usted decretara una amnistía que les permitiera regresar a España, o a que las democracias de occidente pusieran remedio a su golpe de Estado, o a que usted, con todo respeto, pasara a mejor vida, fueron inventándose un negocio próspero, teniendo hijos y nietos mexicanos y construyendose cada uno lo que nunca pensaron que tendrían: una casa mexicana para siempre. Ha de saber usted que aquellos republicanos no pensaban, ni en sus peores pesadillas, que aquel exilio sería perpetuo y que nunca regresarían a España; y es que hace treinta años, el día que usted murió, ellos ya llevaban treinta y cinco años en México sin que usted hubiera observado la cortesía de perdonar, de tenderle la mano a toda esa gente que había perdido la guerra. Pero permítame usted que regrese a ese momento en que los republicanos, agobiados por el calorón que aquel día inolvidable hacía hervir la selva, veíamos en el televisor la noticia de su muerte. La traducción práctica de aquella noticia era que, a partir de entonces, cada quién podía regresar a rehacer su vida a España; así que unos meses más tarde, cuando parecía que el peligro de un rebote dictatorial había pasado, mi abuelo se montó en un avión, cruzó de regreso el mar y todavía no cumplía ni un día en Barcelona cuando ya se había llevado varios chascos: el catalán selvático que hablaba no lo entendía nadie, su vieja casa se había convertido en un mamotreto de cristales ahumados de los que construía el alcalde Porcioles y su hermana, después de purgar las calamidades de la dictadura y la posguerra, se había convertido en una verdadera desconocida. Aquellos chascos, y algún otro que no cuento para no cansarlo, le hicieron comprender que era demasiado tarde para regresar, que rehacer la vida a los sesenta años era para él una proeza inalcanzable y que usted, general Franco, le había vuelto a ganar la guerra: una cuando la perdió, y otra cuando le fue imposible regresar. El caso de mi madre es más complejo, dejó Barcelona cuando era una niña, se la llevó su madre en cuanto pudieron encontrar lugar en un barco que las llevara a Veracruz, a reencontrarse con su padre; llegó a México a tener hermanos mexicanos y con el tiempo hijos y nietos que fueron naciendo en aquel país; y le digo que su caso es más complejo porque ella no peleó la guerra que perdió, esa guerra por la que tuvo que dejar el país donde había nacido y al cuál, hasta la fecha, no puede mirar con normalidad, porque sabe que de aquí ya una vez nos echaron. De manera que, general Franco, a mi madre también le ha ganado la guerra, ha arrasado usted con dos generaciones pero, permitame decirle, y éste es en el fondo el motivo de esta carta, que aún cuando su victoria y su saña hicieron pedazos a mi familia, y a la de cientos de miles de españoles, yo, después de pensarmelo mucho, he hecho el viaje de regreso, aunque no nací aquí siento que he vuelto, vivo en Barcelona, en el mismo barrio donde vivía mi familia antes de irse al exilio, y tengo hijos catalanes con los que hablo en Catalán, esa lengua que tanto le molestaba a usted; quería decirle en suma, aunque ya sea tarde y quizá inútil, que a mi no me ha ganado usted ninguna guerra y que algunas veces, durante un instante, tengo la sensación de que hemos estado siempre aquí, de que no perdimos la guerra ni nos fuimos a ningún exilio y de que usted, por la gracia de Dios, nunca existió. Me despido respetuosamente, lo cuál, desde luego, es también un decir. Publicado en el diario El País. |